Cada vez tengo más la sensación de que buscamos hacer nuestra boda diferente añadiendo más y más cosas.
Más música. Más actividades. Más sorpresas. Más animación. Más momentos programados.
Y, curiosamente, después de haber asistido a varias bodas como invitada, cada vez pienso justo lo contrario.
Creo que lo que realmente hace diferente una boda no es la cantidad de cosas que ocurren, sino cómo se sienten las personas que están allí.
Echo de menos esos momentos en los que los invitados podemos simplemente conversar, reír, brindar, reencontrarnos y disfrutar sin tener la sensación de que constantemente hay algo que hacer o alguien diciéndonos dónde tenemos que estar o mirar.
No hace falta que cada minuto esté lleno actividades o lugares para que una boda sea inolvidable.
Creo que donde mejor se puede invertir es en una gran fiesta al final del día. Contratar un buen DJ que convierta todo, incluídas luces en una auténtica discoteca, donde todo el mundo tenga ganas de quedarse hasta el final.
Pero el resto del día lo dejaría respirar.
Un cóctel tranquilo, quizá con algún rincón especial, pero sin convertir cada momento en un espectáculo.
A veces, la boda más diferente es precisamente la que no intenta serlo.