En un café del centro de Barcelona. El tomaba té y yo un zumo de arándanos. Nos separaba una mesa y una camarera entusiasmada, aligual que yo, por encontrar sus ojos en un cruze de miradas. El leía un libro. “La Catedral del mar”. Yo miraba el móvil, (y de tanto en tanto a él) debería haber hecho caso a mis amigas, pensé, y haberme descargado una de esas apps de buscar un tío. Con un poco de suerte, podría cazarlo como a un pokémon. Pero no tenía datos y la camarera no tenía cara de quererme dar la contraseña del wiffi (ella estaba por otras cosas). Pensé en hacer como en las películas, pasar por su lado a cámara lenta con la melena al viento como si me estuvieran apuntando de frente con un ventilador, pero no, tenía el pelo apelmazado de haber llevado un moño todo el día en la oficina. También estuve un rato dándole vueltas en tirar algo al suelo y agacharme de forma sensual para que se quedara anonadado con mi canalillo. Pero no, mi canalillo es ridículo. Así que me quedé allí, con mi zumo de arándanos oxidado de vitaminas evaporadas. El pidió la cuenta (seguro que la camarera aprovechó para apuntarle el número de teléfono). Pagó, le llamaron al móvil y salió hablando hacia afuera del café. Se había dejado el libro en la mesa. La camarera ya íba a cojerlo cuando salté de la silla, (se me deshizo hasta el moño) y le dije mientras me apoderaba del libro bendito; ya se lo llevo yo, que es mi vecino y además hago pilates con su mujer!! Y tan pancha, salí de allí como si me acabaran de dar un oscar a la mejor actriz e intérprete! Y todo para conseguir cruzar unas palabras con Oscar, ahora mi amor. Lo mejor de todo es que el ya se había dado cuenta de que se había dejado el libro y estaba en la puerta del local, terminando su conversación telefónica oara entrar a por el. Y allí estaba yo, enfrente de él abrazada a la catedral del mar como una universitaria a su carpeta llena de pegatinas de sus ídolos. Y nos miramos. Nos miramos como 20 segundos seguidos mientras él se despedía de su amigo de Fuenlabrada. Y entonces sí, colgó el teléfono, se acercó a mí, me dió las gracias mientras sonreía nervioso, cojió el libro, rozando a drede mis manos. Abrió la tapa, hizo un gesto extraño. Me dijo: vaya, yo que pensaba que había ligado con la camarera, no me puedo creer que después de tanto rato buscándome no esté su número escrito! Nos pusimos a reír a la vez. Me preguntó mi nombre, nos presentamos. Me acompañó a casa mientras charlamos. Creo recordar, que desde esa tarde no nos separamos nunca más.