No quiero saturar la comunidad a posts pero… ¡cómo un exhibicionista emocional como yo no va a contar su gran día! Y, aparte de anécdotas, tengo muchos detalles por contar que seguro que os son útiles.
Todo salió bien y no veáis la de muestras sinceras de agradecimiento y cariño hemos tenido. Pero también hubo momentos de mal rollo. Cosas que no se pueden dominar porque escapan a nuestro control. Y hoy, para variar un poco el tono ligero habitual de mis posts, va uno serio.
Mi madre conoce a Juan desde hace 20 años. Evidentemente las madres no son tontas y saben perfectamente que el amigo de su hijo es algo más que amigo, pero la mía al menos prefería ocultárselo a sí misma. Más tarde cuando le dije que nos íbamos a vivir juntos se llevó un disgustazo gordo. Curiosamente mi padre, que era de ideología más fachirrancia, desde el principio lo trató con mucha más naturalidad que ella. Con los años mi novio pasó a ser un miembro de la familia: viene a todos los eventos familiares, discute mucho con mi madre, cocinan juntos y ella se viene a nuestras fiestas de navidad en casa. Hace un año le comunicamos que nos casábamos. La reacción fue poner una cara hasta el suelo y callarse.
Y cuando dijimos que era en Torremolinos soltó que como vamos mucho allí, que en uno de los viajes nos casáramos y hala, a la vuelta ya estaba hecho. Le dijimos que no, que iba a ser una boda boda con invitados. ¿Su respuesta? Yo no voy.
En Navidad dimos las invitaciones a la familia y ella cogió la suya delante de todos y sin mirarla la guardó en un cajón. Y siguió unos meses con lo de que no iba a ir.
Luego al hablar de la lista de invitados le dije que iba a invitar a mis primos. “¿A qué primos?” saltó alterada. Pues a los pocos que tengo, y cuando ya le dije que le había enviado a mi tía (su cuñada) la invitación, soltó “Pues ya se ha enterado todo el pueblo”.
Evidente, si yo con 58 años ya pertenezco “a otra generación” lo de mi madre con 88 es directamente siglo pasado represión social educación francocatólica total. Su miedo es que le puedan decir en el pueblo los dos primos vivos que le quedan y a los que no ve nunca que su hijo se iba a casar con otro hombre. Ella, erre que erre, que no iba. Aparte, le parecía un dispendio económico y que íbamos a organizar una boda “para el Hola”.
Pasaron las semanas y se fue animando. Churri la picaba todas las veces que íbamos a comer con qué vestido se iba a poner, y ella le echaba la bronca riéndose. Además, le hacía ilusión ir en tren con mi hermano pequeño, que había reservado un apartamento con cocina. Y yo: ¿para dos días os vais a ir al Mercapeich y poneros a guisar? Bien, al menos todo iba más rodado. Y cuando se dio cuenta de que nadie del pueblo le había hecho comentario alguno pues ya estaba más tranquila. Nos metió los bajos de los pantalones de la boda y nos arregló las mangas de las chaquetas.
Hasta que llega el día de la boda. Y cuando me ve con el chaleco naranja se enfada mucho (pero mucho mucho) por lo escandaloso del color. Y ya la tenemos con cara de ajo porro en primera fila durante toda la ceremonia (que duró 20 minutos) y poniendo malos gestos cada vez que el concejal hablaba de amor, igualdad o derechos lgtb. Y delante de mí, claro. Yo pasándolo mal viéndola y encima teniendo que decir la frase de recuerdo a nuestros padres fallecidos y emocionado con todo lo que nos había dicho mi amiga en la lectura unos segundos antes. Como para no derrumbarme y soltar el lagrimón.
Pero se obró la magia. En cuanto mi amigo salió cantando “El día que me quieras” se le iluminó la cara y ya a partir de ese momento se tranquilizó y me tranquilizó. Siguió quejándose un rato pero ya en el cóctel se animó y en la cena no paró de hablar.
Y ésa fue la situación de mayor disgusto para mí.
Pero no os creáis que fue el único elemento tenso, que hubo más.
¿Quién dio guerra, pero mucha mucha mucha guerra? La familia de Churri. En plan macarreo de agitar la servilleta, niños corriendo y gritando, petición de cambio de menú ¡en el mismísimo banquete!, quejas por la música, berreo vociferante… escandalosos pero nada grave. Y, sin embargo, ¿quiénes estuvieron formalitos pero proporcionando los momentos de mal rollo? Mi familia (y mira que eran pocos). Con mi madre me he extendido porque es mi madre, pero con el resto no merece la pena cabrearse. El que aún estoy esperando a que me conteste la invitación, el que está a disgusto por venir y tiene que demostrarlo, los que me llegan vestidos no ya informales, sino desastrados y cutres. En fin.
Y ya para terminar con los momentos incómodos… ¿qué haces con dos amigas que no se hablan desde hace 20 años pero que eran nuestras íntimas mariliendres antes de aquello? Pues sentarlas separaditas cada una en una mesa, lógico y natural. ¿Qué se le ocurre hacer a parte de la maripandi? Ejercer de descerebradas hadas madrinas y juntarlas durante dos días en las comidas, cenas y cócteles fuera del convite e incluso sugerirles que era una ocasión fantástica para reconciliarse. ¡BUMMMMMM! Tomalpol… todo por los aires. “Dejadme en paz” “Idos a la mierda” “Métete en tus asuntos”… Divino. Y todos en los mismos hoteles y trenes. Menos mal que nos hemos enterado después.
En fin. Venga, malos rollos fuera. Éste era un post para desahogarme. Hemos recibido todas las fotos que nos han hecho y estamos preparando una recopilación y también las valoraciones de lo contratado por bodas.net. Así que… hemos mandado a todos un par de bonitas imágenes:

