Hoy el mensaje no va de manualidades ni rollos informáticos (aunque este finde pasado hemos preparado uno brutal, jeje), sino que es una reflexión en voz alta.
Llevamos un año organizando la boda y yo hasta hace un par de meses me lo he tomado con mucha tranquilidad, simplemente me he centrado en lo importante: gestionar lugares, menú, asistencia de invitados, papeleo... Mi chico es el que ha estado volviéndose loco él y a los demás. No sólo es que quiera que todo salga perfecto, sino que todo el mundo esté a gusto y con todas las facilidades.
Como nos casamos a 500 km de Madrid, dimos indicaciones sobre la mejor forma de ir y de dónde podían alojarse. Y como es tan lejos para los que vienen más días damos un cóctel la noche antes.
Hasta ahí bien, pero es que se ha dedicado a buscar horarios de trenes, hoteles para todos, dónde ir a comer el día antes, el día después, dónde vamos a ir de copas, chiringuitos de playa para tapear, dónde pueden comprar ¡polvorones!… ¡hasta ha gestionado citas de peluquería! Yo le digo que se relaje, que no podemos estar pendientes de 100 personas, que ya son todos mayorcitos y que nosotros esos días vamos a tener tal follón que mejor dejarlos.
Para el cóctel de la noche anterior todos los hombres de su familia quieren ir vestidos igual, con camisas de croché de colores de esas que se han puesto de moda este año. Como si fueran una peña en las fiestas de pueblo. Vale. Pues mi churri lleva dos semanas con su hermano mirando modelos en Shein y compartiéndolos por Whatsapp. Todos descojonados de la risa, claro. Pero tío, de verdad, que se apañen ellos.
Pues no. El mismo día de la boda tenemos que cambiar de hotel, ir por la mañana a ver que todo esté correcto en el salón de la ceremonia, colocar la decoración, hacer la prueba de las luces de discoteca que ponemos al final. Hay que darle al botón exactamente 20 segundos antes de la explosión de la música para que coincida el crescendo con las luces. Hay que hacer una prueba de sonido con micrófono con el cantante… y sobre todo gestionar la entrada para las personas con movilidad reducida (mayores y sillas de ruedas), para los que hay que coordinar a qué hora se puede abrir un acceso que hay aparte y tiene que ser abierto por un funcionario del ayuntamiento. Y después llegar al hotel del convite y comprobar también todo, el seating plan, la decoración adicional de las mesas, los regalitos. ¡Y eso que no hemos puesto muchas chorradas adicionales! Pues pretende que ese mismo día nos vayamos con su familia a comer a un sitio precioso al 5 km. Le he dicho que ni hablar, que vaya él si quiere pero yo no, y si me quedo solo me voy al burger. Al principio se me mosqueó (bastante) pero luego ha entrado en razón, porque ve que no le va a dar tiempo a todo. ¡Pero entonces quedamos a tomar espetos con los amigos!, me suelta.
De verdad, me vuelve loco.