hace unas semanas comenté que intuía mi pedida próxima, dado que mi pareja me había dejado caer algunos comentarios y se acercaba nuestro tercer aniversario, el 3 de diciembre, y previamente un viaje que hicimos a final de noviembre por Europa. Y ha llegado el día. Diciembre que es nuestro mes especial me deja nuevamente un sabor dulce en la piel.
Mi chico tiene un espíritu fresco, espontáneo, romántico, dulce y con un toque infantil que me encanta. Ya me había dicho que tenía elegido mi anillo hace días, ayer me cogió el anillo que mejor me queda de talla y hoy me ha enviado al trabajo una foto con la cajita que dentro tenía mi anillo. Estaba deseando dármelo, estaba impaciente y ha organizado una pedida totalmente a nuestro estilo, natural, improvisada y mágica. Esta tarde me había pedido que la reservase. Hemos cogido el coche y ha puesto rumbo a la carretera del Tibidabo. Las vistas desde allí son preciosas, toda la ciudad queda a tus pies y, como había anochecido, las luces dejaban un cuadro mágico de fondo desde el coche. Hemos parado en un punto alto, el mismo sitio que nos ha acompañado muchas noches de charlas, incluida la noche previa a pedirme salir y la que nos aventuró a independizarnos. Y allí, dentro de nuestro coche, que nos protegían del fresquito, me ha pedido que me case con él de forma oficial. El anillo es precioso, original, romántico, elegante y cómodo. Es oro amarillo con piedrecitas, así que podré llevarlo siempre sin preocuparme de meterlo en productos químicos. Me hace ilusión compartirlo, os dejo fotito.


El cuadro se ve distorsionado por la cercanía de la foto, es nuestra querida ciudad, vista desde donde nos conocimos por primera vez. Ha sido el regalo de Navidad de mi prometido.