Faltan 15 días (y unas horas) para decir “sí, quiero”.
Si me hubiesen preguntado hace un mes cómo imaginaba esta cuenta atrás, habría respondido con una sonrisa enorme: llena de ilusión, preparativos bonitos y ese brillo que se supone que acompaña a toda novia en su “bridal era”. Pero la realidad, al menos la mía, ha sido distinta.
Este último mes me ha pasado por encima. Ha sido una mezcla de golpes inesperados, decepciones y momentos que no estaban en el guion. Perdí a un familiar muy querido, se cayó mi despedida de soltera, he tenido muchas bajas (algunas a última hora) y algún que otro problema con proveedores que me ha robado horas de sueño y paz mental.
Y aunque intento repetirme que lo importante sigue siendo el amor y lo que celebraremos ese día, siento que algo dentro de mí se ha apagado un poco. No tengo esa ilusión radiante que imaginaba tener en esta etapa. Hay días en los que me cuesta conectar con la emoción, y me duele reconocerlo.
Aun así, tengo algo —o más bien alguien— que me sostiene. Bea, que es la calma hecha persona. Ella me recoge cuando me hago una bolita en el suelo (metafóricamente) y me recuerda por qué empezamos todo esto. Es quien me hace volver a volar cuando el peso del momento me tira hacia abajo.
Los comienzos de esta aventura fueron preciosos: todo era ilusión, risas y planes con brillo. Después la ilusión se fue, volvió por un tiempo, y ahora se ha vuelto a esconder. Pero sé que, de alguna forma, el día de la boda todo tendrá sentido.
No sé si me siento como una futura novia debería sentirse. No tengo mariposas cada mañana ni brillo en los ojos al tachar cosas de la lista. Pero tengo algo más profundo: una calma rara, casi silenciosa, que me dice que, pese a todo, el amor sigue ahí.
Y que ese día, cuando nos miremos y pronunciemos ese “sí”, todo lo demás —las bajas, los nervios, los sustos— quedará en un segundo plano.
No es el final que había imaginado para mi “bridal era”, pero es el real. Y tal vez la vida también va de eso: de aceptar que incluso en los días nublados puede haber amor del bueno.